SARAMORI
Imposible negar la capacidad productiva del maestro Franz Schubert en lo concerniente a lied, pormas románticos, en donde smuchos de ellos son una joya en este tipo de arreglo.
No obstante se ha hecho un análisi tambien de los lied de Scuman y al respecto como lo comenta Celso Lara Figueroa,en una magistral conferencia Camille Mauclaire ha comparado el estudio del lied de Schubert con el de Schumann, tratando de explicar el sentimiento esencialmente romántico y lleno de contenido germano. Veamos qué nos dice respecto al lied de Schubert, no sin antes decir que el músico vienés fulgura entre la música de los seres especialmente dotados y sirve de marco sonoro a Casiopea dorada, auténtica y única constelación del mar danzante de Marte, corola de luz, ánfora perfecta de agua y miel, florecida semilla que elabora el surco que abraza la raíz de mi vida.
“El lied nació no de una necesidad de construcción técnica elaborada por la inteligencia, sino de una expansión del corazón. El lied fue la cristalización de las emociones y de la ternura de una raza. Fue, gracias a Schiller, a Herder, antes que Goethe, la forma más sorprendente del nacionalismo de la joven Alemania, que despertaba y cantaba la naturaleza, el amor y la libertad, y se recreaba en su tradición de la Edad Media después de la sombría interrupción de la Reforma, después de la sustitución del austero coral de Lutero al canto naturista y apasionado. El florecimiento espontáneo de esa literatura del lied fue uno de los momentos más hermosos y más extraordinarios de la historia del arte, porque respondía a un gran impulso nacional; y Schubert no fue el único en ilustrarla. Hubo muchos hombres para servir a la idea en marcha, y ni siquiera hay que recordar las inmortales melodías de Beethoven. Pero la obra de Schubert, radiante de gracia, aureolada con el doble prestigio de la genialidad y de la muerte temprana, es de todas la más representativa. Schubert apenas tuvo tiempo de abandonar, en algunos lieder, las formas rígidas y consagradas, la repetición de las estrofas, sirviendo para todas ellas una sola y misma música; apenas tuvo tiempo de prever la creación de una música poliforma, variante con cada estrofa y a cada verso. Solo muy raros ejemplos de ello hay en sus obras.

Estaba reservada a Schumann la misión de fundar sobre este principio una literatura del lied, completa y nueva, de crear con magnificencia un lenguaje cantado tan dúctil como la palabra poética, de inventar el impresionismo musical, de establecer los principios de una declaración lírica, de una notación de los estados del alma que hace de él, el precursor directo de los poetas de verso libre, uno de los modelos más poderosos de nuestra búsqueda de emociones nuevas. Pero Schubert fue el primero. Schubert estuvo radiosamente embriagado por el sentimiento de la efusión psicológica; y si Schumann es el rey del lied, Schubert es el lied mismo, es el surgimiento irresistible de la confidencia vocal.

DeCuando se escucha algunos de sus lieder. Veréis su alma tierna y pura en sus más frescas melodías, como son La noche y los sueños, La codorniz o el Vínculo de rosas, pero también veréis en el Canto nocturno y en La Joven y la muerte, hasta qué punto su gran alma lírica era capaz de sentir lo trágico. En la célebre Serenata llamada “de ángeles” hallaréis el romanticismo ingenuo que hizo vibrar a nuestras abuelas y al que es de buen tono acoger con una sonrisa, pero también observaréis que la gracia lánguida y suave del ritmo se conserva eternamente joven y nueva en esta melodía rápidamente anotada una noche sobre la mesa de una posada campesina por el joven Franz Schubert, que se divertía con unos amigos, encantado con la belleza del crepúsculo y también acaso con las sonrisas de alguna linda criada.
Finalmente, al oír al Prometeo, os encontraréis en presencia de una obra maestra que anuncia por su forma a Schumann y que por su estilo, elocuencia y espíritu musical presagia los pasajes dramáticos más hermosos de Wagner ¿dónde está en esta pieza el Schubert elegíaco, mimoso e ingenuo de la leyenda? Aquí el joven se asomó sobre el pensamiento sereno y audaz de Goethe.
No se trata ya de un idilio, sino de un grito de rebelión pagana, de protesta goethiana, en nombre de la ciencia y de la dicha humana, contra el yugo de las religiones; es ya casi el grito de Nietzche, cuyo eco repercute de un extremo a otro del siglo XIX. En cuanto al poema de La hermosa molinera, no es nada en sí mismo. Pero es un conjunto de naderías deliciosas, como los esbozos de paisajes y las arietas descuidadas de Verlaine, y ya veréis lo que hizo Schubert con ellas, ya veréis con qué variedad de tonos ilustró ese álbum de estampas pueriles.
No nos burlamos de esos ramitos sentimentales; no riamos de las flores secas que encontramos, atadas con una cinta descolorida, en los cajones de las casas antiguas. No nos chanceemos con ironía fácil y brutal de los motivos de tapicería y de los remates de reloj que fueron poemas amados por nuestras abuelas; eran poesía viva e hicieron latir los corazones generosos y los ojos encantadores de la época de Hermann y Dorotea, de Atala y de Eloa, y si vemos que algunos jóvenes escritores restituyen a Bernardín de Saint-Pierre y a Mme. Desbordes-Valmore el más legítimo y aún el más afectado de los cultos, desconfiemos de hacer burla de los pontífices, pues ¿qué será de los nuestros, que no tienen un Schubert para perpetuarlos, y con qué sonrisa los refinados y los exigentes de aquí a cincuenta años acogerán lo que de nuestras tendencias nos parece lo menos vulgar y lo más expresivo?
No hizo falta más a Schubert para revelar todo su encanto y todas sus facultades de expresión dramática, aunque sean de tonalidad moderada la melancolía y el dolor expresados en La hermosa molinera. Lo que da más valor a esa música es la fresca impresión de la naturaleza. Los primeros cantos son verdaderas canciones populares, con ideas claras y alegres y de una sencillez casi vulgar, porque está en escena un joven campesino. Pero, desde el momento en que triunfa el amor del joven molinero, se eleva el tono. Es el alma humana que se exalta y se desconsuela, sin distinción de cultura o de casa, porque el lenguaje de la alegría o de la pena de amor es eterno para todos. La línea sigue siendo sencilla, el acompañamiento no está recargado, pero se siente en todo momento la fuerza sobria y concentrada del gran pintor de los movimientos del alma, y la forma, la escritura, el estilo psicológico, la gradación de los efectos, son desde aquel momento, hallazgos originales de Franz Schubert. En El viaje de invierno, La joven religiosa y la Oda a la lira encontraremos a Schubert en plena madurez trágica, el Schubert pensativo y profundo.
Schubert en efecto, como todos los verdaderos genios líricos, tuvo el doble don de la potencia y de la ligereza, del dolor y del capricho, y en esto tuvo muchos puntos comunes con Alfredo de Musset. Los seiscientos lieder de Schubert constituyen una literatura musical completa del pensamiento. Mas no hallaremos en ella ese orden de emociones y de sensaciones que nos reveló Schumann y que le aseguraron, después de su ilustre predecesor, una originalidad no menos profunda; quiero decir, esas ansiedades, esas sutilezas, esas fantasías, esas inquietudes tan inquietantes que la neurosis inspiró a Schumann y por lo que puede decirse de él, como de Baudelaire, que creó un frisson nouveau, un escalofrío nuevo. Nada de eso hay en Schubert; éste es la salud misma, y no se observan en él, en ninguno de los sentimientos que experimenta con franqueza profunda y espontánea, esas dudas secretas, esas interrogaciones insaciables, esos matices indefinidos y complicados que preocupan a los artistas de alma enfermiza. Recordaré las dos expresiones alemanas que caracterizan las dos modalidades de la producción romántica y nacionalista del lied germánico, el Gemuth y la Stimmung. El Gemuth es el sentimiento de la paz interior, la conciencia del alma de la raza, el llamamiento de ese fondo de emociones permanentes que hay en el hombre mediativo en presencia de la naturaleza del país natal. La Stimmung es la acentuación de la energía mora, la reacción de la emoción individual, la excitación a hablar, a vibrar, a conmoverse. Pues bien; las obras de Schubert expresan continuamente estos dos órdenes de sana actividad mental y los expresan con tal seguridad, con tal armonía, con tal poder de emoción comunicativa directa, sin segunda intención que puede asegurarse que Schubert, más que Schumann y que ningún otro, es la encarnación del lied alemán, el cantor nacional, la imagen viva de la canción romántica más allá del Rin. Y digo esto aunque Schubert naciera en Viena, de padre descendiente de campesinos de Moravia y de madre oriunda de Silesia, aunque le enseñara música el italiano Salieri, y aunque salvo algunos viajes a la Alta Austria, a Graetz y Linz, jamás saliera de Viena, ni aun después de muerto, porque sus amigos consiguieron que fuera enterrado en el cementerio de Voehring, junto a Beethoven, a quien veneraba y es precisamente en la patria de Beethoven, en Bonn, donde descansa Schumann”
Nueva Guatemala de la Asunción,
28 de Abril de 2006.